1968

La generación que menos bebe: por qué los jóvenes están dejando el alcohol atrás

Durante mucho tiempo, beber alcohol parecía formar parte casi inevitable de salir de fiesta, quedar con amigos o celebrar algo. Para muchas generaciones, rechazar una copa podía resultar incluso extraño. Sin embargo, los hábitos están cambiando y los jóvenes actuales tienen una relación bastante diferente con el alcohol.

Cada vez son más quienes deciden beber poco, hacerlo solo en determinadas ocasiones o directamente no beber. Y no siempre tiene que ver con dejar de salir o renunciar a la vida social. En muchos casos, simplemente se buscan otras formas de divertirse que no giren alrededor del alcohol.

Los motivos son variados: mayor preocupación por la salud, interés por el deporte y el bienestar, el precio de las bebidas, miedo a los efectos del alcohol o, sencillamente, una menor presión por beber para encajar. También han aparecido alternativas sin alcohol que hacen más fácil pedir algo diferente cuando el resto de la mesa está tomando una copa.

La cuestión interesante no es solo que algunos jóvenes beban menos, sino que hacerlo empieza a ser mucho más normal. Y ese cambio de costumbres está modificando poco a poco la manera de salir, de relacionarse y hasta de entender qué significa pasarlo bien.

Los datos que confirman el cambio

 

Las encuestas sobre consumo de alcohol entre jóvenes españoles muestran una tendencia descendente que se viene consolidando desde finales de la década de 2010. El Plan Nacional sobre Drogas ha documentado en sus sucesivas ediciones una reducción progresiva en el porcentaje de jóvenes de entre quince y veinticuatro años que consumen alcohol de manera regular, así como un retraso en la edad de inicio del consumo.

El fenómeno no es exclusivamente español. En el Reino Unido, varios estudios han documentado que los jóvenes de entre dieciséis y veinticuatro años beben significativamente menos que sus equivalentes de hace dos décadas. En Estados Unidos, la proporción de universitarios que se declaran abstemios ha aumentado de manera notable. En Australia, Canadá y los países nórdicos se observan tendencias similares.

Las razones que los propios jóvenes dan cuando se les pregunta por qué beben menos son variadas pero coherentes entre sí. La preocupación por la salud física y mental ocupa un lugar prominente. La conciencia sobre los efectos del alcohol en el rendimiento deportivo, en el sueño y en el bienestar general ha aumentado de manera significativa en una generación que ha crecido con acceso a información nutricional y de salud que las anteriores no tenían. El coste económico del alcohol en bares y restaurantes en las ciudades también se menciona con frecuencia. Y hay una dimensión de imagen personal: donde antes emborracharse era parte de la construcción de una imagen social de desinhibición y sociabilidad, hoy una parte creciente de los jóvenes percibe esa imagen como negativa o simplemente poco interesante.

El auge de lo «sober curious»

 

El movimiento sober curious, literalmente «curioso sobre la sobriedad», ha ganado visibilidad internacional en los últimos años como expresión de esta tendencia. No se trata de abstinencia total ni de un discurso moralizante sobre el alcohol. Se trata de una pregunta más sencilla: ¿para qué bebo y cómo me siento cuando bebo? Y de la disposición a responderla honestamente.

El Dry January, el mes de enero sin alcohol que se popularizó en el Reino Unido y en el que hoy participan millones de personas en todo el mundo, es otra expresión del mismo fenómeno. Muchos de quienes lo prueban descubren que pueden disfrutar del ocio social sin alcohol, que duermen mejor, que tienen más energía y que el craving de alcohol que esperaban no es tan intenso como pensaban. Algunos vuelven a beber en febrero con más moderación. Otros no vuelven.

La industria de las bebidas ha captado esta señal y ha respondido con una oferta de cervezas sin alcohol, vinos sin alcohol y cócteles sin alcohol de calidad muy superior a la que existía hace diez años. La cerveza sin alcohol de calidad ya no es una concesión triste, sino una opción con su propio espacio en la carta de muchos bares. El mercado de las bebidas funcionales, kombucha, kéfir, aguas botánicas, ha crecido precisamente para cubrir el espacio social que el alcohol ocupaba.

Si eliges beber ocasional, también está bien

 

Antes de continuar, queremos aclarar algo que el debate sobre el alcohol suele llevar a los extremos: beber ocasionalmente no es lo mismo que tener un consumo habitual o excesivo. Una copa de vino durante una comida, una cerveza con amigos el fin de semana o una bebida en una celebración forman parte de los hábitos sociales de muchas personas adultas y no tienen por qué convertirse en un motivo de preocupación o culpa.

Eso no significa que el alcohol sea beneficioso para la salud ni que exista un nivel completamente libre de riesgo. Simplemente conviene poner cada situación en su contexto. Para una persona adulta sana, sin enfermedades o tratamientos que desaconsejen el consumo y sin antecedentes de dependencia, una bebida tomada de manera puntual es muy diferente de beber varias veces por semana o necesitar alcohol para relajarse, dormir o disfrutar de una reunión.

La cuestión cambia cuando aumenta la frecuencia o la cantidad. También cuando beber deja de ser una elección y empieza a convertirse en una costumbre difícil de controlar. El consumo excesivo y mantenido en el tiempo está relacionado con numerosos problemas de salud, mientras que utilizar el alcohol como forma habitual de gestionar el estrés puede favorecer que el consumo vaya aumentando poco a poco.

Por eso, no se trata de convertir el alcohol en algo prohibido ni de buscar una justificación para beber. Se trata de saber dónde está nuestro propio límite, reconocer cuándo el consumo empieza a ser demasiado frecuente y entender que beber ocasionalmente no es lo mismo que beber de forma habitual. La información permite precisamente eso: tomar decisiones sin alarmismo, pero también sin minimizar los riesgos.

Lo que el alcohol hace al cuerpo: las consecuencias que más se ignoran

 

Cuando se habla de los efectos del alcohol, lo primero que suele venir a la cabeza es el hígado. También se conocen sus consecuencias sobre el corazón o el sistema nervioso cuando el consumo es elevado. Sin embargo, hay otros efectos menos visibles que pueden aparecer mucho antes de que exista un problema grave.

El sueño es uno de ellos. Aunque una copa pueda producir somnolencia y hacer que algunas personas se duerman más rápido, eso no significa que el descanso vaya a ser mejor. El alcohol puede alterar la estructura normal del sueño y hacer que este sea más fragmentado. Por eso, alguien puede dormir durante varias horas y levantarse, aun así, con la sensación de no haber descansado bien.

También puede afectar al estado de ánimo. El alcohol puede producir una sensación de relajación momentánea, pero utilizarlo de forma habitual para afrontar el estrés, los nervios o la ansiedad puede acabar teniendo el efecto contrario. En algunas personas, el consumo frecuente se relaciona con un empeoramiento de estos síntomas y puede favorecer que se utilice el alcohol cada vez más como una forma de afrontarlos.

Y hay otra parte del cuerpo que también se ve muy afectada: la boca. Como explican los expertos de Dental Medica, el consumo habitual de alcohol puede favorecer problemas como la sequedad bucal, el mal aliento, la erosión dental y la aparición de caries, especialmente cuando se combina con bebidas azucaradas. La reducción de la saliva tiene importancia porque esta ayuda a proteger dientes y encías y a mantener bajo control la acidez de la boca. Si la boca permanece seca durante más tiempo, resulta más fácil que se acumulen placa y restos de alimentos. Además, algunas bebidas alcohólicas son ácidas y otras contienen cantidades importantes de azúcar, dos factores que pueden contribuir al desgaste del esmalte y a la aparición de caries.

Por otro lado, la relación entre alcohol y salud bucal va más allá de estos problemas cotidianos. El consumo de alcohol es un factor de riesgo conocido para determinados cánceres de la cavidad oral, la faringe y la laringe, y el riesgo aumenta cuando se combina con el tabaco.

Son efectos que no suelen aparecer después de una sola noche, sino que están relacionados sobre todo con el consumo frecuente o elevado. Precisamente por eso pueden pasar desapercibidos durante bastante tiempo: no siempre hay una señal clara que indique que el alcohol está detrás de un problema de sueño, una boca más seca o un deterioro progresivo de la salud dental.

Por qué esta generación lo está entendiendo mejor

 

Una de las explicaciones más interesantes del menor consumo de alcohol entre los jóvenes actuales es el acceso a información. La generación que ha crecido con YouTube, con podcasts de salud, con influencers de bienestar y con algoritmos que aprenden sus intereses ha tenido acceso a una cantidad de información sobre los efectos del alcohol que las generaciones anteriores simplemente no tenían disponible de manera tan inmediata.

Un joven de veinte años en 1995 sabía que beber demasiado era malo, pero la información era genérica y el contexto social premiaba el consumo. Un joven de veinte años hoy puede haber visto documentales sobre el impacto del alcohol en el sueño, haber seguido a creadores de contenido que documentan su experiencia dejando de beber, haber leído estudios sobre la relación entre alcohol y ansiedad, y haber desarrollado una perspectiva mucho más matizada sobre qué significa beber y por qué.

La salud mental también juega un papel. La generación Z es la primera que habla de salud mental con la misma naturalidad con que las anteriores hablaban de salud física, y el alcohol tiene una relación compleja con la salud mental que esta generación conoce mejor que las anteriores. La asociación entre beber y gestionar emociones, que las generaciones anteriores normalizaron casi sin cuestionarla, es algo que muchos jóvenes de hoy identifican y evitan deliberadamente.

El ocio sin alcohol

 

Parte de la razón por la que las generaciones anteriores bebían más era también una cuestión de opciones. El ocio nocturno estaba estructurado alrededor del alcohol de una manera que dejaba poco espacio para quien no quería beber: ir a una discoteca o a un bar implícitamente significaba beber, y no beber significaba estar en un contexto social incómodo donde explicar constantemente por qué no se tenía copa en la mano.

Eso está cambiando. Los bares sin alcohol, los eventos de ocio nocturno sin alcohol, las cenas sociales donde la kombucha y el agua con gas tienen el mismo protagonismo que el vino, los grupos de running o de senderismo como alternativa al bar del viernes: el menú de opciones de ocio social que no requieren alcohol se ha ampliado de manera significativa, y con ello ha caído la presión social de beber para participar.

Las redes sociales tienen también una relación ambivalente con este cambio. Por un lado, durante años amplificaron una cultura de salidas, excesos y «lo que pasa en la noche no se cuenta» que normalizaba el consumo excesivo. Por otro lado, han sido el canal a través del cual se ha extendido la conversación sobre sobriedad, sobre salud mental y sobre formas alternativas de ocio que antes no tenían visibilidad pública.

Una relación más consciente con el alcohol

 

El cambio que están protagonizando las nuevas generaciones no consiste necesariamente en dejar el alcohol por completo. Para muchos, se trata más bien de decidir cuándo, cuánto y por qué beber, sin sentir que una noche de fiesta, una comida o una reunión con amigos tiene que incluir alcohol obligatoriamente.

Esa mayor libertad también permite prestar atención a algo que antes quedaba en segundo plano: cómo afecta el alcohol al sueño, al estado de ánimo, al rendimiento deportivo o simplemente a cómo nos encontramos al día siguiente. Beber menos puede ser una elección tan consciente como no beber, igual que tomar una copa porque realmente apetece y se disfruta de ella.

También cambia la manera de entender la diversión. Una noche no tiene por qué medirse por las copas que se han tomado ni por cuánto se ha bebido. Salir, bailar, conversar o quedar con amigos siguen estando ahí, aunque el alcohol deje de ocupar el centro. Quizá el cambio más importante sea precisamente ese: que beber deje de ser una obligación social y pase a ser una decisión personal.

 

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