20 julio, 2018

Sin rodillas raspadas

Sin rodillas raspadas

Atrás quedaron esos años de mi infancia cuando los niños nos subíamos a los columpios de hierro medio oxidado y nos lanzábamos a lo loco por toboganes de dudosa reputación, ahora los parques infantiles tienen más seguridad que muchas de las habitaciones de esos mismos niños en sus respectivas casas, algo que es maravilloso pero que, en mi opinión, rompe un poco la magia de lo que era un verdadero parque infantil. ¿Dónde están esas rodillas peladas que nos dejábamos al jugar al pilla-pilla y caer de bruces contra el suelo de tierra? ¿Dónde está esa comba que al girar y dar contra el suelo levantaba una gran polvareda de tierra? Qué pena…

Está claro que ahora mismo los niños tienen más seguridad en este tipo de parques con columpios y los padres estamos mucho más tranquilos de lo que lo estaban antes pero no puedo evitar añorar ciertas estampas que ahora mis hijos no pueden vivir a mi lado y pasar por esa experiencia.

Frente a casa, en una gran plaza, hay un parque infantil que han reformado ya como unas tres veces en cinco años. En esta última reforma, la empresa Niberma ha instalado suelos especiales para parques infantiles, pavimento in situ de seguridad se llama, y sé que han sido ellos por los cartelones que pusieron en las vallas mientras se hacía la reforma. La verdad es que el suelo es una pasada en el sentido de que los niños ya pueden caerse, tirarse de los columpios de cabeza o arrastrarse cual serpientes, que volverán completamente ilesos a casa. ES una especie de pavimento medio elástico que hace que cualquier cosa que caiga contra él rebote ligeramente, por lo que se amortigua el golpe de cualquier niño que haya decidido probar el suelo.

Estampas de los 80-90

Gracias a este tipo de pavimento, los niños ahora juegan seguros y sin raspones en las rodillas, pero yo sigo diciendo que añoro las estampas de antaño, esas en las que los juegos de los años ochenta y noventa eran los protagonistas de cualquier plazoleta de barrio.

En los ochenta lo principal era tener tu buena pandilla de amigos con los que pasar todas las tardes de verano y de invierno después de la escuela. Se corría, se saltaba, y eso de las maquinitas de videojuegos ni existía, no al menos para la mayoría de nosotros. En esos años lo que primaba eran las canicas, la rayuela, la peona (que se ha puesto ahora de moda de nuevo), la comba, el fútbol, las burbujas de jabón, volar la cometa, el hula-hoop (que me encantaba por cierto) e incluso los boliches, además de, por supuesto, el clásico escondite, pilla-pilla o el conocido juego de “abro la olla” y el “pollito inglés” (que nunca entendí porque tenía que tener nacionalidad extranjera siendo un juego español).

En los noventa la cosa no cambió demasiado y el clásico juego de chapas se cambió por el de los tazos, que venían a ser lo mismo pero te salían en las bolsas de patatas y tenías que ponerte morado a comer Chetos para conseguir una buena colección de tazos. También se jugaba a las canicas, a la peonza, a la rayuela, a la goma de saltar, el fútbol, al “Pollito inglés”, al escondite…

Y es que, en mi opinión, nosotros tuvimos una mejor infancia que la de nuestros hijos. De hecho, éramos más libres para hacer trastadas y corretear en el parque, hacíamos locuras que ahora son impensables y, aun así, seguimos vivos.

En los 90 no importaba la cantidad de colorante que llevaban los cereales, ni los caramelos, ni si jugando en la tierra nos metíamos las manos a la boca, ¿Y sabéis por qué? Porque las madres de entonces decían eso de… “¡Eso son defensas!”, y se quedaban tan tranquilas. Ahora si un niño de tres años se lleva las manos a la boca llena de tierra o de arena de playa hay altas probabilidades de que su madre salte como un resorte para evitar la gran catástrofe, como si la arena fuera cocaína o algo similar. Por eso, y dejando a un lado las cosas que obviamente ya no se pueden hacer, mi intención es criar a mis hijos en esa libertad. Quiero que sean libres para caerse, levantarse, llorar, aprender, recibir algún que otro empujón de otro niño y darlos ellos hasta que yo les diga que “eso no se hace”… quiero que vivan lo que yo viví, aunque ya no vayan a tener las rodillas raspadas…